Ese es el ritmo de mi vida ahora. Poner tiritas, deshinchar chichones, calmar rabietas, consolar llantos, dormir inquietudes...
Pero no lo cambiaría por nada del mundo. Antes estaba completamente centrada en mi propia vida, en mis propios asuntos, y tenía tanto tiempo que me cansaba de mí misma. Era incapaz de terminar a tiempo un texto por encargo. Odiaba escribir piezas que no quería escribir, líneas obligadas, versos de plástico. Y ahora es todo más fácil.
Me importa menos porque pienso menos en ello.
Siempre que tengo trabajo, no puedo pasar demasiado tiempo devanándome los sesos en las páginas obligatorias, porque hay una colada que recoger, unos mocos que limpiar, una imaginación que animar o un cuento que contar. Noviembre es una buena niña. Nunca exige demasiado. Aunque lo cotidiano requiere de bastante atención. Así que me pongo a la tarea y en un ratito lo tengo hecho. Mi mente vaga de la lavadora a la nevera, de los fogones a las sábanas, y no tiene tiempo de fagocitarse a sí misma en el trayecto.
A veces siento que esto no es más que un escalón. Una de las fases de la metamorfosis. Antes era una larva, inquieta y comilona, que no sabía demasiado de la vida y que se afanaba en trepar a las hojas más altas, obviando las más jugosas que vivían en la sombra. Ahora no llego a la mitad de los tallos, y me entretengo en comer una hoja completa antes de comenzar con la siguiente. Miro hacia arriba y veo aquel sol brillante y amarillo que tuesta la copa de los árboles, con sus hojas mordisqueadas a capricho. Pero no me apetece trepar tanto, prefiero el juego de luces y arabescos que trazan sus rayos caprichosos a través de las ramas.
¿Algún día terminaré viviendo en la sombra?
Noviembre creo que me lo impedirá. Ya trata de trepar por sí sola a las plantas más bajas, y aunque juguetea en extremo con la comida, le gusta buscar los bocados más apetitosos. A lo mejor cuando crezca sufre esa fiebre caprichosa de subirse a las copas y mordisquear a placer... y allá tendré que ir yo, tras ella, pero tratando de que no se canse de mí.
Estaría bien, para ese momento, poder tener alas. Pero no termino de encontrar aquello, eso que me encerrará en una crisálida y me hará transformarme. El otro día, mientras recogía los tesoros de Noviembre en el rellano, me imaginé a mí misma convertida en una pupa, a punto de abandonar mi estadío de oruga hacia la meta del imago. En silencio, a oscuras, notando mi nueva piel queriendo abandonar aquella prisión rígida y oscura, y las alas con deseos de extenderse hacia el infinito. Escondida, secreta.
Y, estúpida de mí, sentí que me observaban. Y algo me llamaba a salir, a mostrar mis colores y dejar pasar la luz por mis membranas recién paridas. Alguien tocaba a la puerta de mi crisálida con nudillos de seda. Al principio sentí miedo, y cerré más fuerte mis párpados, pensando que eran imaginaciones mías. Y al abrir los ojos... no había nadie. La oruga había estado soñando otra vez con su momento de gloria.
Así que sigo esperando, poniendo tiritas, deshinchando chichones, administrando medicinas y disfrutando del dulce vértigo de ser acompañada. Y dejando que la mente me mienta, pensando que algo me está esperando en el rellano, porque... ¿qué oruga no sueña con ser mariposa?
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BONUS: el espía del rellano...