Jugueteaba con los dados entre sus dedos firmes. Las dos últimas tiradas habían sido desastrosas, necesitaba un crítico para poder recuperarse de las pifias que llevaba a cuestas. Tenía el carcaj casi vacío, la bolsa se le había perdido en la huida y ni siquiera ese éxito en la tirada de posar, después de atravesarle la cabeza a aquella mole, le había hecho recuperar sus puntos de IC.
Tiró los dados.
Dos unos.
Miró su ficha de jugador.
Estaba en Cruz.
'Bien' susurró mientras volvía a recoger los dados y apuntaba cuidadosamente su jugada.
'Sabes que una biblioteca no es el lugar más adecuado para tus partiditas de rol, ¿verdad?'
Sus ojos verdes e inquisitivos lo miraban con insolencia desde el otro lado de la mesa. Theo golpeó con el dedo sobre el fieltro verde.
'Antes te molestaba el sonido de los dados y ahora, ¿ves? ya tengo un tapete. No sé de qué te quejas.'
'Quizá de que te recorres media ciudad para meterte en mi facultad y jugar a tus jueguitos en la biblioteca mientras estoy estudiando. Todavía no lo entiendo, y eso me enerva'.
Recorrió con los ojos las altísimas estanterías, repletas de volúmenes polvorientos y ajados por el tiempo. Los más nuevos aparecían al alcance de la mano, en los estantes más bajos, brillantes en su piel moderna. El santuario estaba en lo alto, en lo inalcanzable.
Sobre la mesa de Ada, varios de esos pesados y viejos libros inaccesibles estaban abiertos, como las alas de las palomas, entre multitud de folios rebosantes de números y fórmulas escritos con la letra pequeña y enérgica de la mujer.
Sus hombros desnudos desafiaban el frío de la vieja biblioteca. Pero así era ella, desafiante.
Theo sólo se encogió de hombros. Ada resopló y volvió a su tarea, negando enérgicamente con la cabeza. Los dados volvieron a rodar.
De vuelta a casa, él la tomó de la mano al cruzar el paso de cebra. Ella cedió, asaltada por un arrebato de ternura. Cuando tomaron el bus él la acorraló contra una esquina, usando su cuerpo como barrera frente a los extraños que abarrotaban el vehículo.
'No hace falta que...'
'No me importa'
Theo se puso los cascos y no hablaron nada más durante todo el trayecto. Las luces de la ciudad se encendían con pereza, mientras las calles despertaban a la noche. Cuando llegaron a la parada, había empezado a llover.
Siempre arrastraba los pies como un criminal subiendo las escaleras. Se sacudieron la ropa mojada y el calzado en el recibidor, y Ada puso en marcha el hervidor de agua. Sabía que lo encontraría en el suelo del salón, descalzo, rellenando sus fichas de juego para enviarlas por correo enseguida, con sus pies breves y su carne, de blanca inflorescencia, apuñalando la penumbra. Encendió la luz y le acercó una taza humeante.
Mientras se quitaba la camiseta y la tiraba por cualquier lado, maldijo aquella pizarra insolente. Toda la noche trabajando para nada. Theo había gritado desde su dormitorio para que dejase de hacer chirriar el rotulador y se fuese a la cama, pero al final debió dormirse de puro agotamiento. Maldita, maldita pizarra. Se rascó la cabeza con ganas y encaró sus propios galimatías.
'Ponte algo, por los dioses del cielo'
'Cállate. La mente preclara está trabajando'
Borró una integral con el dorso de la mano y añadió unos cuantos símbolos. Las fórmulas amenazaron con derrumbarse, pero apuntaló algunos de los cabos sueltos con furiosas estocadas de su tinta. Todo avanzaba ahora, pero con los engranajes bastante embarrados. Extrajo una pieza mentalmente, atrapándola en un paréntesis, y puso un par de parches en forma de aproximados hasta que todo estuviera preparado para arrancar.
Sonó el timbre.
'¿Quién era?'
'Ah... nadie. Nadie importante'
Ada se acurrucó como un gato contra el hombro de Theo, aún mirando con rencor su pizarra.
'Sólo la vecina de enfrente, que quería devolvernos una pieza de colada que había caído en el patio'
Divertida, comprobó que él enrojecía hasta la raíz del cabello.
'Ah'
'No te preocupes, monín' continuó, pellizcándole el lóbulo de una oreja 'le he agradecido adecuadamente que me devolviera los boxers de mi novio'
Theo se levantó de golpe, haciendo que Ada cayese de costado sobre la alfombra.
'¡Augusta!'
'Tranquilo, niño,' rió Ada 'era un jersey, y no le he dicho que fueras mi novio. Y no me llames Augusta, si no quieres que te llame...'
'Calla, calla' atajó Theo alzando un dedo 'ni lo menciones'.
Mientras recogía las tazas, ya vacías, alcanzó una frazada del sofá y se la arrojó a Ada.
'No queremos que enfermes antes de salvar el mundo. Así que no andes en cueros por la casa'.
Theo se había quedado dormido, doblado como un ratoncito de campo en su madriguera, sobre el pequeño sofá. Ada observó sus manos, encallecidas por el trabajo físico. Por los jardines, los cubos de basura, la piel de los pescados, las malas hierbas de las cunetas. Esas manos habrían sido capaces de la maravilla, pero el mundo las había estropeado hasta endurecerlas. Casi tanto como la cabezota de su portador.
Volvió a mirar la pizarra. Todo se había enrevesado, pero fue capaz de seguir un pequeño filamento lógico hasta cierto punto. Tiró con la punta de los dedos de ese hilo, lo siguió con el rotulador, estirando su brillo entre tanta maraña negra. Probó en los bucles, los nudos, los enredos, se negó a usar el borrador. No era tiempo de recurrir a la espada de Alejandro Magno.
Theo gimió, inquieto en su sueño.
'Duerme, niño' susurró Ada Augusta, cubriendo a su mejor amigo con la frazada. Le apartó el cabello de los ojos 'no te preocupes. No le diré a nadie tu nombre.'
Mostrando entradas con la etiqueta Theo. Mostrar todas las entradas
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domingo, 3 de mayo de 2015
martes, 20 de marzo de 2012
Theo y el viento
Pasan cosas, muchas, en los últimos tiempos. Tantas, que las ganas de escribir se me atascan y no puedo actualizar los blogs tanto como me gustaría. Hace semanas que no hago caso a los muñecos, pero la casualidad quiso que ayer lunes 19 fuera festivo y además me tocase librar... con lo que montamos una quedada rápida con las segovianiñas y saqué a Theo.
Me dio mucha tristeza ver a Miranda en su bolsa cuando los cambié de sitio, ya que la tengo abandonadísima y cada vez que la miro me parece aún más bonita. Tengo que enviar la cabeza de Theo a Kao-chan, ya que me va a maquillar la durmiente y es mejor que tenga in situ la despierta para hacerlas lo más similares posibles. También le voy a mandar a la pequeña Noviembre.
Mientras tanto, os pongo unas fotos hechas la tarde de ayer. Parece que fue una quedada 'terapéutica' para las tres...
Un saludo a todos.
Me dio mucha tristeza ver a Miranda en su bolsa cuando los cambié de sitio, ya que la tengo abandonadísima y cada vez que la miro me parece aún más bonita. Tengo que enviar la cabeza de Theo a Kao-chan, ya que me va a maquillar la durmiente y es mejor que tenga in situ la despierta para hacerlas lo más similares posibles. También le voy a mandar a la pequeña Noviembre.
Mientras tanto, os pongo unas fotos hechas la tarde de ayer. Parece que fue una quedada 'terapéutica' para las tres...
domingo, 19 de febrero de 2012
Mi bestia
mi bestia llega por la tarde
me muerde las entrañas
me acaricia la cabeza
gruñe
escupe parte de mí.
mi bestia llega por la tarde
mientras otros hacen fotos
mientras otros van de merienda
mi bestia llega por la tarde
a través del sucio suelo de la cocina
con mirada lasciva.
mientras otros tienen empleos
que les impiden pensar
mi bestia me permite pensar
en ella,
en cementerios y locura y miedo
y en flores rancias y decadencia
y en el hedor del brío apagado.
mi bestia no me deja en paz
llega por las tardes
me muerde y me araña
y le digo
doblado de dolor, cogiéndome el vientre con las manos,
joder, ¿cómo les voy a explicar tu presencia a
ellos? creen que soy un cobarde
y los cobardes son ellos porque se niegan a
sentir, su valor es el de los
caracoles.
mi bestia no está interesada en mi desdichada
teoría; rasga, mastica, escupe
otro trozo de
mí.
salgo por la puerta y me sigue
calle abajo.
nos cruzamos con las hermosas colegialas risueñas
las camionetas de la panadería
y el sol se abre y se cierra como una ostra
engullendo a mi bestia un instante
mientras cruzo un semáforo en verde
con la pretensión de haber escapado,
con la pretensión de que necesito una barra de pan o
un periódico,
con la pretensión de que la bestia se ha ido de una vez por todas
y de que las partes de mí desgajadas
siguen ahí
bajo una camiseta azul y unos pantalones verdes
a medida que todas las caras se tornan muros
y todos los muros se tornan imposibles.
(Charles Bukowski)
Dedicada a todos aquellos a quienes las bestias de la escritura también os muerden las entrañas y no os dejan en paz.
me muerde las entrañas
me acaricia la cabeza
gruñe
escupe parte de mí.
mi bestia llega por la tarde
mientras otros hacen fotos
mientras otros van de merienda
mi bestia llega por la tarde
a través del sucio suelo de la cocina
con mirada lasciva.
mientras otros tienen empleos
que les impiden pensar
mi bestia me permite pensar
en ella,
en cementerios y locura y miedo
y en flores rancias y decadencia
y en el hedor del brío apagado.
mi bestia no me deja en paz
llega por las tardes
me muerde y me araña
y le digo
doblado de dolor, cogiéndome el vientre con las manos,
joder, ¿cómo les voy a explicar tu presencia a
ellos? creen que soy un cobarde
y los cobardes son ellos porque se niegan a
sentir, su valor es el de los
caracoles.
mi bestia no está interesada en mi desdichada
teoría; rasga, mastica, escupe
otro trozo de
mí.
salgo por la puerta y me sigue
calle abajo.
nos cruzamos con las hermosas colegialas risueñas
las camionetas de la panadería
y el sol se abre y se cierra como una ostra
engullendo a mi bestia un instante
mientras cruzo un semáforo en verde
con la pretensión de haber escapado,
con la pretensión de que necesito una barra de pan o
un periódico,
con la pretensión de que la bestia se ha ido de una vez por todas
y de que las partes de mí desgajadas
siguen ahí
bajo una camiseta azul y unos pantalones verdes
a medida que todas las caras se tornan muros
y todos los muros se tornan imposibles.
(Charles Bukowski)
Dedicada a todos aquellos a quienes las bestias de la escritura también os muerden las entrañas y no os dejan en paz.
viernes, 2 de diciembre de 2011
Scene 20 - 11. Hospital
Al mudarse, con las tres cosas que acarreó de casa de sus padres, no le fue difícil hacer el símil. Aquellos pasillos blancos e inmaculadamente limpios le recordaron a un hospital. Largos, rectos, con las paredes extrañamente rugosas y las ventanas de sótano, aun viviendo en un tercer piso. La luz fluorescente, el olor a limpiador de 'promesa de frescor' convirtiéndose en 'azul y blanco en la nariz'... Maldita sinestesia.
Sus tres cosas cupieron perfectamente en el diminuto estudio. La primera, su portátil, que se arrellanó en una mesita minúscula, que lo obligaba a sentarse encogido como una gárgola si quería meter las rodillas bajo la máquina. La segunda, una absurda y enorme pieza de cerámica sin cocer que le regaló su madre cuando cumplió los seis años. Era inútil y fea, pero le recordaba lo frágil que puede resultar el tiempo, con lo que siempre la cuidaba y decidió acarrearla consigo. La tercera, un paquete de libros. Seis. El resto se habían quedado durmiendo en las pantagruélicas estanterías de su hogar natal.
Pero aquel pequeño estudio, aunque suficiente para vivir (si no eras demasiado quisquilloso a la hora de golpearte con las piezas de mobiliario al girarte, abrir una puerta, caminar o dormir) no le inspiraba para leer. Y Theo necesitaba leer como quien necesita respirar. Theo necesitaba regenerarse, oxigenarse, latir, pulsar, beber, danzar, gritar, engullir literatura. Era como un parásito, siempre hambriento. Cuando llegaba de trabajar, con las botas llenas de dios sabe qué (unos días hierba, otros días barro, u oliendo a pescado, a gasolina... a lo que terciara el trabajo que tuviera en aquel momento), necesitaba leerse en los libros. Así que tan pronto como se cambiaba la piel de persona a Theo, buscaba una linterna y salía al pasillo del portal para leer.
No soportaba verse leyendo. Era un acto reflejo, derivado de crecer con la imagen de sus padres siempre con la nariz en las páginas. En el estudio lo hallaban los reflejos de las ventanas, la imagen en el espejo, su silueta en la tetera metálica, incluso el brillo del suelo... las baldosas del portal, mate y esperanzadoras, no lo delataban ante sí mismo. Por eso le gustaba leer allí, aséptico y sin reflejos. Como, de todos modos, sólo había dos vecinos por planta y la suya era la última, no solía ver a nadie. Era su pequeño reino, su cáscara de huevo rugosa y blanca.
Bueno, el suyo y el de la niña extraña. Se sentaba, descalza, en la otra esquina del rellano. A veces traía consigo bolsas de recortes de colores, cajas con piedrecitas, botones en tarros... y los volcaba en su rincón, fascinada, aunque fuesen siempre los mismos. Se pasaba esas tardes ordenándolos meticulosamente y en silencio. Primero, por tamaños. Luego, por colores. Después por el número de agujeros, las aristas de su forma, el dibujo de su superficie... Theo la observaba por el rabillo del ojo, aquella renacuaja le provocaba gran curiosidad.
Y a veces era un poco travieso con la niña. Sin que ella se diera cuenta, y aprovechando algún momento en el que ella estuviera distraída, añadía algún elemento nuevo a la colección. Un recorte, una piedrecita, un botón, un tesoro. Cuando la niña se topaba con el elemento nuevo, solía acuclillarse sobre él y quedarse muy quieta, contemplándolo, durante un buen rato.
Algunas veces lo añadía a su lista interminable de colocaciones, destrucciones, clasificaciones y archivos. Pero otras no, y cuando la voz de dentro llamaba a la niña a cenar, dejaba tras de sí, cual cenicienta, un pequeño rastro en la esquina. Entonces Theo lo recogía, y sentía tal pena por el objeto despreciado, que también se encontró elaborando su montoncito de tesoros. Dentro de la vasija sin cocer, esperaba dormida la maravilla.

Y a veces era un poco travieso con la niña. Sin que ella se diera cuenta, y aprovechando algún momento en el que ella estuviera distraída, añadía algún elemento nuevo a la colección. Un recorte, una piedrecita, un botón, un tesoro. Cuando la niña se topaba con el elemento nuevo, solía acuclillarse sobre él y quedarse muy quieta, contemplándolo, durante un buen rato.
Algunas veces lo añadía a su lista interminable de colocaciones, destrucciones, clasificaciones y archivos. Pero otras no, y cuando la voz de dentro llamaba a la niña a cenar, dejaba tras de sí, cual cenicienta, un pequeño rastro en la esquina. Entonces Theo lo recogía, y sentía tal pena por el objeto despreciado, que también se encontró elaborando su montoncito de tesoros. Dentro de la vasija sin cocer, esperaba dormida la maravilla.

lunes, 31 de octubre de 2011
Scene 20: 14. Cacahuetes
Porque Theo siempre hubiera querido que en su salón hubiera un bol con cacahuetes, o con pipas, o al menos con algo dulce. Incluso los orejones secos que exhibía el frutero de su abuela le hubieran parecido bien. Pero no, en aquella casa era impensable que entrase algo tan vulgar, tan sencillo como los cacahuetes. Sus amigos, los pocos que lo visitaban, encontraban algunos caramelos sin azúcar, sin colorantes, conservantes o aditivos, hechos con zumo natural y cuyas envueltas eran biodegradables , sus ingredientes orgánicos, y su sabor... nulo. Incluso el chocolate que consumían en casa ("un pellizco, cariño, recuerda que tiene teobromina y te pondrá nervioso, amén de los flavonoles, que pueden hacer que te marees") llevaba sal en vez de azúcar, 'para potenciar el verdadero sabor del cacao', aseveraba su padre, con un dedo en sus enciclopedias. Sal, por todos los dioses.
Así que a veces, después de disfrutar de un mordisquito de chocolatina a medias, en un rincón del colegio, se sentaba por la tarde frente a aquella horrible bombonera de Bohemia llena de supuestas golosinas, a imaginar cómo podría destruirla sin que nadie lo supiera. Aun así, pensaba apesadumbrado, seguramente eso no haría aparecer golosinas de verdad en su lugar, sino reproches y castigos, una bombonera aún más cara (y, por ende, más horrorosa) y otro puñado de caramelos detestables.
Cascar un cacahuete con los dedos fue la experiencia más placentera que jamás había experimentado cuando, aquella tarde, la madre de Ofelia los llevó al cine. Debía tener unos seis años, y era la primera vez que sus padres lo dejaban a cargo de otro adulto.
Abrumado por los miles de colores de la tienda de chuches, no había sabido decidirse por ninguno, así que se llevó dejar por el instinto. Y descubrió aquellos extraños frutos, que le recordaban al arrugado rostro del busto de Tiresias que su padre tenía en el despacho. Pensando que alcanzaría un poco más de sabiduría abriéndole el cráneo al viejo adivino, pidió una bolsa pequeña de cacahuetes.
Ah, al crepitar de aquella cáscara las manos le temblaron como a un anciano. Recubiertos en bronce, prometían al desvelarlos un sabor arcaico. No se llenó la boca con ellos, sino que los saboreó lentamente, deleitándose en los crujidos, la suavidad y el tueste de aquellos mantecosos bocados.
Nunca confesó a sus padres ese placer secreto pero, aun hoy, algunas veces se compra un puñadito, apenas media docena de cacahuetes, y huye con ellos a los momentos infantiles en que se sentía un héroe antiguo, trayendo el conocimiento a las almas en penumbra. Y eso también le provoca carcajadas, secretas y amargas, recordando el busto de Tiresias y su hieratismo, las manos también arrugadas de su padre, y el rictus amargo y severo de los labios maternos cuando le negaban el azúcar, los colores, los aditivos, los flavolones y la teobromina.
Así que a veces, después de disfrutar de un mordisquito de chocolatina a medias, en un rincón del colegio, se sentaba por la tarde frente a aquella horrible bombonera de Bohemia llena de supuestas golosinas, a imaginar cómo podría destruirla sin que nadie lo supiera. Aun así, pensaba apesadumbrado, seguramente eso no haría aparecer golosinas de verdad en su lugar, sino reproches y castigos, una bombonera aún más cara (y, por ende, más horrorosa) y otro puñado de caramelos detestables.
Cascar un cacahuete con los dedos fue la experiencia más placentera que jamás había experimentado cuando, aquella tarde, la madre de Ofelia los llevó al cine. Debía tener unos seis años, y era la primera vez que sus padres lo dejaban a cargo de otro adulto.
Abrumado por los miles de colores de la tienda de chuches, no había sabido decidirse por ninguno, así que se llevó dejar por el instinto. Y descubrió aquellos extraños frutos, que le recordaban al arrugado rostro del busto de Tiresias que su padre tenía en el despacho. Pensando que alcanzaría un poco más de sabiduría abriéndole el cráneo al viejo adivino, pidió una bolsa pequeña de cacahuetes.
Ah, al crepitar de aquella cáscara las manos le temblaron como a un anciano. Recubiertos en bronce, prometían al desvelarlos un sabor arcaico. No se llenó la boca con ellos, sino que los saboreó lentamente, deleitándose en los crujidos, la suavidad y el tueste de aquellos mantecosos bocados.
Nunca confesó a sus padres ese placer secreto pero, aun hoy, algunas veces se compra un puñadito, apenas media docena de cacahuetes, y huye con ellos a los momentos infantiles en que se sentía un héroe antiguo, trayendo el conocimiento a las almas en penumbra. Y eso también le provoca carcajadas, secretas y amargas, recordando el busto de Tiresias y su hieratismo, las manos también arrugadas de su padre, y el rictus amargo y severo de los labios maternos cuando le negaban el azúcar, los colores, los aditivos, los flavolones y la teobromina.
sábado, 1 de octubre de 2011
Piedras
Porque siempre fue así.
Siempre importaron más las piedras, padre.
¿Cómo luchar contra lo inmutable cuando tu carne está condenada a pudrirse en la oscuridad, y las ruinas siempre resplandecerán al sol, como los huesos de la historia?
Siempre importaron más las piedras, padre.
¿Cómo luchar contra lo inmutable cuando tu carne está condenada a pudrirse en la oscuridad, y las ruinas siempre resplandecerán al sol, como los huesos de la historia?
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